La revolución de los drones en Ucrania muestra quién decide actuar cuando el Estado no puede. No se trata de un caso en el cual desde el principio el gobierno diseñó una estrategia tecnológica, o donde la ayuda de los aliados occidentales equipó al ejército ucraniano con los drones. Ni siquiera existían unas doctrinas establecidas las cuales transferir a los soldados ucranianos. Se trata de una historia donde la sociedad, sin instrucciones claras, tomó todo lo que tenía a su disposición para construir una capacidad militar que, según varios expertos, ya ha redefinido cómo se combate en el siglo XXI.
Por Karina Zinyak (Transatlantic Dialogue Center), Carolina Favot y Luciana Sarapura (Politicly).
La guerra entre Rusia y Ucrania ha puesto de manifiesto una transformación significativa en la conducción de los conflictos armados contemporáneos, donde la innovación tecnológica y los sistemas aéreos no tripulados (UAV) adquieren una relevancia estratégica sin precedentes.
A diferencia de lo que muchas veces se cree, la cultura de los drones en Ucrania no comenzó durante la invasión a gran escala en 2022. Su origen se remonta a la agresión rusa en el este de Ucrania que comenzó en 2014, cuando los soldados ucranianos adquirieron tanto por su cuenta como mediante organizaciones humanitarias drones comerciales chinos, como el DJI Mavic; usados con el fin de localizar posiciones enemigas, identificar campos de minas o monitorear líneas de comunicación. La guerra entre el 2014 y 2022 no creó la revolución de los drones que se observa hoy en día, pero sí sembró las semillas de una cultura de innovación impulsada desde abajo, con un fuerte protagonismo de la sociedad civil y una estructura descentralizada. Sin esto, el gran progreso que se observa en materia de los drones, a partir de 2022, no hubiese sido posible.
Democracia vs. autocracia: cuando la descentralización de convierte en una herramienta
El debate sobre las diferencias entre democracias y autocracias suele centrarse en aspectos institucionales como las elecciones, la división de poderes o las libertades políticas. Sin embargo, una dimensión menos explorada refiere a la capacidad que tienen estos regímenes para movilizar recursos sociales, generar innovación y permitir la participación de actores no estatales en la resolución de problemas colectivos. Las consecuencias prácticas de la diferenciación institucional entre democracia y dictadura a partir de la existencia de elecciones competitivas y alternancia en el poder, trascienden el ámbito electoral y pueden observarse en la capacidad de acción de la sociedad civil (Cheibub et.al, 2009).
Más allá de la magnitud militar del hecho, el episodio plantea una interrogante relevante para el estudio del mismo ¿quiénes desarrollaron realmente las tecnologías que hicieron posible esta operación?
Una parte significativa de la innovación tecnológica vinculada al esfuerzo bélico ucraniano surgió de la interacción entre el estado, organizaciones de la sociedad civil, voluntarios, universidades, startups y comunidades tecnológicas. Ya desde el principio, ninguna institución estatal financió la compra de estos drones. Fue gracias a los fabricantes nacionales y los combatientes quienes, al observar su uso multidimensional en el frente, identificaron el potencial militar y tecnológico que tenían. Este entramado de actores no estatales desempeñaron un papel central en el desarrollo, financiamiento y adaptación de tecnologías de bajo costo para uso militar, evidenciando una capacidad de movilización social difícil de replicar en contextos altamente centralizados.
Un ejemplo emblemático de esta evolución fue la denominada Operación Telaraña, ejecutada por Ucrania en junio de 2025, que mediante el empleo de aproximadamente 117 drones de bajo costo lograron atacar cuatro aeródromos estratégicos rusos, causando daños estimados en 7.000 millones de dólares e inutilizando una parte importante de la capacidad de bombardeo estratégico de Rusia. Este episodio demostró que, en las guerras actuales, la efectividad operativa ya no depende exclusivamente de grandes arsenales o plataformas militares costosas, sino también de la capacidad de integrar tecnología accesible, innovación táctica y recursos humanos altamente capacitados.
A partir de este caso, en el presente artículo sostenemos el poder de las democracias para generar mayores oportunidades de participación en procesos de innovación y producción de capacidades estratégicas. Así es que, el caso ucraniano permite analizar cómo la apertura política puede convertirse en una ventaja competitiva en escenarios de conflicto, al habilitar formas de coordinación social que potencian la creatividad y la capacidad de adaptación colectiva.
200 dólares contra 70.000: la guerra asimétrica en Ucrania y el papel de la sociedad civil
Cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala en febrero de 2022, los números hablaban por sí solos: según el Balance Militar 2022 del International Institute for Strategic Studies, Rusia contaba con más de 900.000 efectivos militares —cuatro veces más que Ucrania— y con unos 62.200 millones de dólares en gasto de defensa frente a 4.300 millones de Ucrania —catorce veces menos—. Kyiv tenía muy interiorizado que se encontraba ante una guerra asimétrica y que estaba lejos de igualar en algún momento a Rusia, intentarlo condenaría a Ucrania a la derrota. Por ello, comenzó a centrarse en desarrollar una estrategia multidimensional y basada en fortalezas específicas, fruto de la adaptación constante.
La lógica que adoptó Ucrania se explica con la teoría de la guerra asimétrica ejemplificada en los conflictos en los cuales existe una diferencia de capacidades donde el actor más “débil” no gana por una superioridad material, sino sosteniendo una resistencia el tiempo suficiente para que los costos del conflicto se vuelvan insoportables para el más “fuerte”. La clave, además de la resistencia, consiste en adoptar una estrategia clara y flexible acorde con las propias fortalezas y aprovechar ventajas que van más allá de la fuerza militar: innovación táctica constante, conocimiento del terreno, entre otras (Arreguín- Toft, 2001). Los drones son la expresión más concreta de esta lógica asimétrica ya que, por ejemplo, el dron FPV —First Person View, o vuelo en primera persona— puede costar entre 200 y 1.000 dólares mientras que el misil iraní Shahed, utilizado por Rusia para atacar infraestructuras críticas ucranianas y a su sociedad civil, ronda los 70.000 dólares, lo que desafía la idea de que debe haber un énfasis en el armamento pesado (Center for Strategic and International Studies, 2025;Defense Express, 2026). Sin embargo, lo realmente relevante es quién los fabrica.
Los drones comerciales son el formato más fácil de producir a escala masiva, con recursos limitados y a bajo costo. Así, los componentes esenciales del dron FPV son accesibles mediante cadenas de suministro comercial e incluso en plataformas estándar de comercio electrónico. Además, las impresoras 3D facilitaron la rápida creación de prototipos y la producción de drones debido a su ensamblaje sencillo, se pudo realizar en pequeños talleres, laboratorios universitarios e incluso por la sociedad civil gracias a tutoriales de vídeo. Esto generó lo que se puede denominar una “guerra participativa” donde todos los sectores de la sociedad se convirtieron en parte de una cadena productiva de defensa (Spansvoll, 2024;Defence Ukraine Team, 2025). Algo que no proviene de una política pública en un principio, sino de una necesidad de supervivencia propia de una guerra asimétrica.
Este fenómeno se puede observar con Wild Hornets, una organización sin fines de lucro creada por voluntarios y expertos en bricolaje, financiada casi exclusivamente por donaciones civiles. La organización desarrolló el interceptor STING, clave para hacer frente a los drones iraníes, con una tasa de éxito del 80 al 90% (Litnarovych, 2026). Hasta 2025, se le atribuyen unos 2.000 millones de dólares en daños activos militares rusos. Financiada mayoritariamente por donaciones civiles, construyó uno de los sistemas de defensa más efectivos de la guerra.
Mientras el sistema ruso depende de licitaciones estatales, cadenas jerárquicas de aprobación institucional y un monopolio en el sistema de defensa, Ucrania —gracias a lecciones aprendidas del pasado— desarrolló un sistema descentralizado y más transparente donde los talleres civiles responden en días a las necesidades del frente. Según estándares ucranianos, el diseño, prototipo y prueba de un dron puede durar entre días y semanas. La velocidad no radica en la tecnología, más bien de una cultura organizativa construida por la sociedad civil. Hoy en día, hay unas 500 empresas ucranianas que fabrican drones aéreos, terrestres y marítimos. Se estima que en 2026 podrían llegar a producir hasta 7 millones de drones.
Gamers: Los nuevos Estrategas
Diversas instituciones ucranianas especializadas en la formación de operadores de drones, como Dronarium Academy y Drone Fight Club Academy, han identificado que los jóvenes con experiencia en videojuegos poseen competencias especialmente valiosas para el pilotaje de drones FPV, entre ellas la coordinación mano-ojo, la percepción espacial, la rapidez en la toma de decisiones y la capacidad de mantener la concentración durante largos períodos frente a pantallas. Como resultado, los gamers se han convertido en un recurso estratégico para Ucrania, representando un ejemplo concreto de cómo habilidades desarrolladas en entornos digitales civiles pueden ser transferidas al ámbito militar y desempeñar un papel determinante en los conflictos del siglo XXI.
La guerra entre Rusia y Ucrania ha puesto de manifiesto una transformación significativa en la conducción de los conflictos armados contemporáneos, caracterizada por la creciente dependencia de sistemas aéreos no tripulados (UAV). En este contexto, Ucrania ha incorporado de manera deliberada a jóvenes con experiencia en videojuegos como operadores de drones, considerando que las competencias desarrolladas en entornos digitales constituyen una ventaja operacional relevante para el combate moderno.
Diversas instituciones de formación militar y tecnológica ucranianas sostienen que los jugadores habituales de videojuegos poseen habilidades transferibles al pilotaje de drones de visión en primera persona (FPV), entre ellas la coordinación mano-ojo, la percepción espacial tridimensional, la capacidad de reacción ante estímulos cambiantes y la toma de decisiones bajo presión. Según la Dronarium Academy, academia ucraniana especializada en investigación y capacitación de operadores de drones, los jóvenes de entre 18 y 27 años con experiencia en videojuegos suelen adaptarse con mayor rapidez al manejo de sistemas FPV, logrando procesos de aprendizaje entre un 60 % y un 80 % más rápidos que otros perfiles de aspirantes. La institución atribuye esta ventaja a la familiaridad previa con interfaces digitales, controles remotos y escenarios que exigen atención sostenida durante largos períodos de tiempo (Dronarium Academy, 2025).
La importancia de este fenómeno se explica por la propia naturaleza de la guerra de drones donde los operadores controlan aeronaves a distancia mediante pantallas, gafas de realidad inmersiva y controles similares a los utilizados en consolas de videojuegos. En consecuencia, la experiencia adquirida en simuladores y videojuegos de acción reduce el tiempo necesario para desarrollar habilidades fundamentales de orientación espacial, precisión de movimiento y procesamiento simultáneo de información visual. De acuerdo con investigaciones y testimonios recogidos por Business Insider y Le Monde (2025), los instructores ucranianos consideran que los perfiles provenientes de comunidades tecnológicas, videojuegos e informática presentan mayores probabilidades de convertirse en operadores eficaces de drones de reconocimiento y ataque.
La profesionalización de este proceso ha dado lugar a la creación de centros de entrenamiento especializados, entre ellos destaca la Drone Fight Club Academy (DFCA), organización certificada por el Ministerio de Defensa de Ucrania que surgió tras la Batalla de Kiyv en 2022. La academia ha capacitado a más de 5.000 pilotos y se ha convertido en una de las principales instituciones dedicadas a la formación de operadores de drones FPV para las fuerzas armadas ucranianas. Sus programas combinan simulación virtual, entrenamiento práctico y experiencias derivadas de operaciones reales de combate, reproduciendo metodologías de aprendizaje semejantes a las empleadas en los deportes electrónicos (e-sports) y los simuladores competitivos.
La experiencia ucraniana demuestra que la convergencia entre cultura digital y capacidades militares ha generado un nuevo perfil de combatiente altamente especializado. En este escenario, los videojuegos ya no constituyen únicamente una forma de entretenimiento, sino también un espacio donde pueden desarrollarse competencias técnicas aplicables a la guerra tecnológica contemporánea. La creciente demanda de operadores de drones confirma que el dominio de interfaces digitales y la capacidad de actuar eficazmente en entornos virtuales se han convertido en recursos estratégicos de importancia creciente para los conflictos del siglo XXI.
De la innovación a la institucionalización de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados
Uno de los aspectos más significativos del caso ucraniano no fue únicamente la utilización masiva de drones durante la guerra, sino la capacidad del estado para incorporar e institucionalizar innovaciones surgidas inicialmente fuera de las estructuras gubernamentales. Durante los primeros años de la invasión rusa, gran parte del desarrollo de drones dependió de voluntarios, organizaciones de la sociedad civil, comunidades tecnológicas, universidades y startups que respondieron rápidamente a necesidades que las instituciones estatales no lograban satisfacer. La escasez de equipamiento y la urgencia del conflicto favorecieron la aparición de un ecosistema de innovación descentralizado capaz de producir soluciones tecnológicas de bajo costo y rápida adaptación.
La consolidación de estas iniciativas alcanzó un punto de inflexión en 2024 con la creación de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados, la primera rama militar del mundo dedicada exclusivamente a operaciones con drones. Esta decisión implicó transformar una serie de iniciativas dispersas y surgidas desde la sociedad civil en una doctrina militar formal, con estructuras permanentes de entrenamiento, coordinación y desarrollo tecnológico. Ucrania se convirtió así en el primer estado en reconocer institucionalmente que los sistemas no tripulados constituían un dominio propio de la guerra contemporánea y no simplemente una herramienta complementaria de las fuerzas tradicionales (Bondar, 2024)
El proceso resulta especialmente relevante porque revela una dinámica de abajo hacia arriba que emergió de una red de actores capaces de experimentar, aprender y adaptarse rápidamente a las exigencias del conflicto y desde ello, posteriormente, el estado incorporó esas innovaciones dentro de su estructura formal. Esta secuencia contrasta con los modelos característicos de los regímenes autoritarios, donde la innovación suele depender en mayor medida de decisiones centralizadas y jerarquías rígidas.
La importancia estratégica de esta transformación quedó demostrada cuando Rusia, principal adversario de Ucrania en el conflicto, decidió replicar el modelo mediante la creación de sus propias Fuerzas de Sistemas No Tripulados en 2025. El hecho de que una autocracia adoptara una estructura originalmente desarrollada por su adversario democrático constituye un indicador del éxito alcanzado por la experiencia ucraniana. Sin embargo, mientras en Ucrania la institucionalización fue el resultado de la incorporación de iniciativas provenientes de la sociedad civil, en Rusia el proceso surgió principalmente como una decisión impulsada desde la estructura estatal y militar centralizada (Fernandez, 2026).
En consecuencia, más que una simple innovación militar, las Fuerzas de Sistemas No Tripulados representan un ejemplo de cómo las democracias pueden transformar la participación social en capacidades estratégicas concretas.
Para reflexionar…
La participación de gamers en la guerra de drones ucraniana no debe interpretarse únicamente como una innovación tecnológica o militar, sino también como una consecuencia directa de las condiciones excepcionales que atraviesa la sociedad ucraniana desde la invasión rusa. Miles de jóvenes, principalmente entre los 18 y 35 años, que antes dedicaban su tiempo a actividades vinculadas con la informática, los videojuegos o la tecnología, se vieron enfrentados a la necesidad de contribuir a la defensa de su país. En un contexto, donde la supervivencia del Estado y de la propia población se percibe como una cuestión existencial, habilidades que anteriormente tenían fines recreativos adquirieron un valor estratégico, convirtiendo a muchos gamers en operadores de drones, analistas o integrantes de unidades tecnológicas de combate.
Desde esta perspectiva, la revolución de los drones en Ucrania refleja no solo una transformación de la guerra, sino también una transformación de la sociedad bajo presión extrema. El hecho de que jóvenes civiles con conocimientos tecnológicos sean incorporados a tareas militares evidencia cómo los conflictos contemporáneos difuminan las fronteras entre el ámbito civil y el militar. Más allá de la tecnología empleada, el caso ucraniano muestra que la adaptación de la población ante una amenaza constante ha sido un factor tan importante como los propios drones, aunque también plantea interrogantes sobre los costos humanos de una guerra que obliga a una generación entera a trasladar capacidades desarrolladas en la vida cotidiana hacia escenarios de combate.
Asimismo, la guerra en Ucrania permite observar cómo las diferencias entre democracia y autocracia trascienden el ámbito estrictamente institucional y producen efectos concretos sobre la capacidad de innovación estratégica de los estados.
La relevancia de este proceso se evidencia en que incluso Rusia, una autocracia con mayores recursos materiales y una estructura estatal más centralizada, terminó adoptando una organización similar para responder a los desafíos planteados por la guerra contemporánea. Sin embargo, mientras la institucionalización ucraniana fue el resultado de un proceso ascendente impulsado por la sociedad civil, la respuesta rusa se presentó principalmente como una adaptación promovida desde el aparato estatal. Esta diferencia sugiere que las ventajas estratégicas no dependen exclusivamente de la capacidad coercitiva o de los recursos del Estado sino también de la existencia de entornos políticos que favorezcan la cooperación, la experimentación y la innovación social.
En consecuencia, el caso analizado permite sostener que las democracias poseen una ventaja comparativa frecuentemente subestimada como lo es la capacidad de movilizar conocimientos, recursos y creatividad provenientes de la sociedad civil para responder a desafíos complejos. Más allá del conflicto ucraniano, esta experiencia invita a reconsiderar el papel de la sociedad civil como un componente fundamental del poder estatal en el siglo XXI.
Referencias
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